SILAO, Guanajuato.- Una vez más, llegaron como siempre: enojados, azotando el sombrero contra el piso y viendo a Santiago García como la forma humana de Lucifer. Los auténticos priistas se amotinaron en el mismo lugar de siempre. Esta vez no pidieron huevos estrellados ni cabrito. Esta vez, les salió lo cabrito.

Alrededor de 20 militantes, entre ellos ex dirigentes locales, les exigieron a las deidades del olimpo tricolor que no se vayan con la finta y no decidan imponer al ex panista Santoyo.

Por tercera vez al hilo, el PRI se la quiere jugar con un perfil más empanizado que revolucionario, más derechista que centroizquierda, más persignado que librepensante. En el 2009, el partido del presidente Peña arropó al camaleónico Gerardo Valdovino y perdió; en el 2012, impulsó al conservador Enrique Solís, un prospecto cuya fragilidad provocó la peor derrota pública del PRI y, ahora, a pesar de las experiencias recientes, el regidor Nila apadrina al ex panista Rogelio Santoyo con el apoyo de la corriente gerardista. La imposición amenaza con quebrar al partido y dejarlo débil a pocas semanas de las campañas electorales.

Si Nila logra imponer a Santoyo e insertar a un familiar en la planilla de aspirantes a ocupar una regiduría, el PRI se romperá cual jarrón de cerámica y no habrá compostura. Esta jugarreta del subterráneo es la visión anticipada del triunfo albiazul en el 2018. Quien resulte ser el candidato del PAN a la Presidencia Municipal, tiene más de la mitad de la victoria en la bolsa. Por su complicidad con Maciel y Gerardo Sánchez, Nila lo volvió a lograr: gana provocando la derrota priísta. Ya aprendió la máxima lección gerardista: sabe cómo ganar en lo personal con la derrota colectiva.

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