MARCA PERSONAL. Cuando apenas se sabía que Juan Antonio Maciel representaría al PAN en las votaciones de 2015, se decían muchas cosas positivas de él: un buen docente, un orador persuasivo, un buen interlocutor ante otros grupos políticos y un larguísimo etcétera de virtudes. Conforme avanzó su campaña, se hizo más convincente y sólido su mensaje e inclusive se dio el lujo de no asistir al debate entre candidatos. El aún alcalde Solís le facilitó mucho las cosas a su ex compañero de jolgorios, pues jamás comulgó con los ideales del tardío candidato priísta, el indeciso Leonel Mata. Maciel se desmarcó rápidamente y, a la velocidad de Usain Bolt, llegó al primer lugar de las preferencias. El triunfo electoral fue pan comido para un panista apadrinado por dos duchos pescadores del mar electoral: Jorge Galván Gutiérrez y Fernando Torres Graciano.

Maciel repite el credo de Carlos Salinas: ni los veo ni los oigo.

En su campaña, Maciel decía que gobernaría para todos, prometió crear un conector vial entre Sopeña y el Hospital General, aseguró que construiría una cancha de usos múltiples a espaldas del Rastro Municipal y, por encima de todas sus promesas, pregonó que los índices delictivos bajarían durante su gestión. Nada de eso cuajó. Su séquito de secretarias eventuales se ha encargado de separar al Presidente Municipal de la sociedad con un vasto catálogo de evasivas y pretextos; la vialidad entre la zona norte de la mancha urbana y el nosocomio no existe; jamás cristalizó la propuesta de renovar el espacio deportivo cerca del Rastro y la inseguridad se ha recrudecido de manera tal que Hollywood podría crear decenas de películas hardcore donde el Happy End no existe. De ser un mago de la persuasión, Maciel cayó al rango de mercachifles. De ser el protagonista del proceso comicial, sus ofrecimientos falaces lo redujeron a simple clon del PRI más displicente de los años ochenta. Nunca se creyó que fuera un anémico mental, sin embargo, la acumulación de cosas postergadas, indefinidas, ambiguas e inconclusas han degradado su memoria política y han mermado progresivamente sus cualidades.

Maciel ha eludido muchas de sus promesas, tanto simples como complejas. No ha entregado “un boleto de atención para todos” y, contrario a lo que supuestamente haría, repite el credo de Carlos Salinas: ni los veo ni los oigo.

***La opinión del autor no refleja la del medio.